lunes, 14 de julio de 2014

Lo encontré en el bosque

     Al final lo hice. Estaba harto de tanta monotonía, del acero, cristal y hormigón. Cuando el director me dio el visto bueno, sentí un gran alivio. Lo había estado posponiendo desde hace años. No lo necesitaba cuando me llegó mi turno, así que se lo cedí a otro compañero. Sin embargo, el año pasado ya no podía más, el estrés me comía por dentro. Había tenido algunos problemas familiares y laborales que lo agravaron aun más. Así que, cuando fui al psiquiatra me recomendó que me tomara unas vacaciones. Unas largas vacaciones.
     Me concedieron un año sabático para alejarme de las clases. Para descansar y estar a gusto elegí un pequeño pueblo del norte del país. Se encontraba cerca de las montañas, con un gran bosque a su alrededor.
    ¿Por qué elegí ese pueblo? El Bosque de la Ladera era su nombre, no era muy original, pero resumía bastante bien su geografía. Era un pueblo levantado hace cientos de años por leñadores y sus familias. Un gran bosque que se extendía por toda la cordillera: hayas y robles en la parte inferior, abetos y otras coníferas en la superior; aunque, debido a la deforestación, la mayoría de las hayas y robles habían sido sustituidos por eucaliptos, de rápido crecimiento. Los habitantes se establecieron allí gracias al río que bajaba desde el pico de la montaña y a que estaba orientado hacia el sur, con lo cual los inviernos no serían muy fríos. Agua y fuente de ingresos eran dos puntos a su favor. Cuando la industria maderera empezó a flojear a mediados del siglo pasado, tuvieron que cambiar su modelo económico. Turismo rural fue la respuesta. Abrieron paradores y algunos hostales en el centro del pueblo y en las afueras del mismo. Su paisaje atraía en las vacaciones a no muchas personas, pero las suficientes como para mantenerlo vivo. Además, habían establecido algunos campos de cultivo y zonas de ganadería, al final de la ladera, para complementar su economía. 

viernes, 23 de mayo de 2014

Escape de la prisión

    Estoy apresado con gruesas cadenas de acero que me inmovilizan. En una oscura y fría celda me tienen retenido, sin posibilidad de escapar.
   ¿Por qué aún sigo con vida? El enemigo no suele hacer prisioneros de guerra. Tal vez pronto me ejecuten. Nos quieren a todos muertos.
   ¿Cuándo y cómo empezó esta guerra? Lo recuerdo perfectamente. Todo comenzó en los primeros meses de 2039, con unos cambios políticos a gran escala. Se promulgaron unas leyes en todos los países del mundo civilizado. No nos lo esperábamos. Los grandes dirigentes políticos y altos cargos militares no tenían interés en la prosperidad y seguridad de las personas a las que debían servir. Al contrario, sus nuevas leyes fueron impuestas con mano de hierro.
  Control ciudadano, abolición de las libertades individuales, ilegalizar los embarazos naturales aleatorios sin control sanitario, incremento de los impuestos en todos los sectores, aumento en la producción de armamento… Todo ello nos hacía sospechar —sólo a unos pocos, por desgracia— que se avecinaba una nueva gran guerra. Mas, ¿contra quién? ¡Ah! Si la gente nos hubiera hecho caso en ese momento, podríamos haberles hecho frente y no haber sido casi diezmados. Pero el escepticismo y la resignación en aquel entonces predominaban.
   Fue triste —patético dirían algunos— ver cómo el control de los medios informativos oficiales cegó a la inmensa mayoría de la población. Tanto que no se dieron cuenta de lo que en realidad sucedía, hasta que fue muy tarde. Los soldados entraron en los supuestos seguros hogares de los ciudadanos y los sacaban a la calle. Eran o bien ejecutados allí mismo o, si veían que podían serles útiles, enviados a fábricas o a campos de concentración.
    La Historia volvía a repetirse.
  El enemigo había aprendido de nosotros todo lo que le habíamos enseñado. Lo que no les habíamos mostrado, lo estudiaron por cuenta propia. Fueron más listos que nosotros. Nos engañaron. Les subestimamos y, lamentablemente, fue un grave error.