viernes, 26 de agosto de 2011

Nuestro futuro (ensayo filosófico)

Es imposible saber si será hoy tu final... Nadie sabe lo que nos guarda el futuro, porque somos nosotros quienes hacemos nuestra historia, no hay destino, no estamos predestinados, el futuro no está preestablecido. Nosotros somos quienes tomamos nuestras propias decisiones y no un "ser" supremo, que (tal vez) no exista, siendo éste un algo que (según algunos) ya tiene un plan maestro para todos nosotros.
¿Tonterías? Posiblemente, nadie se haya dado cuenta de que nuestra sociedad haya evolucionado; es decir, haya experimentado diversos cambios (por suerte o por desgracia) gracias a ciertas personas o hechos concretos a lo largo de la historia. Éstos han hecho que nosotros nos encontremos en esta situación, la cual puede ser buena o mala dependiendo de cómo se miren las cosas. Pero esto no es solamente aquí, sino en todas partes. Nadie se encontrará a salvo de las opiniones ajenas mientras sigamos actuando tal y como lo llevamos haciendo durante siglos.
Debemos luchar por nuestros derechos, tenemos que defendernos, si no lo hacemos nosotros mismos, ¿quién lo hará?
A lo mejor merecemos lo que nos está pasando. En la propia naturaleza del ser humano se encuentra la autodestrucción, a la que sí estamos predestinados (como nos ha demostrado la propia historia) desde que existimos.
Somos unos seres terribles que están destruyendo su único hogar, a lo cual, sólo unos pocos se atreven a hacer algo para evitarlo. Los demás siguen igual que siempre.
Nuestro futuro parece incierto.


Aclaraciones:
Este texto fue un comentario reflexivo que escribí el día 10 de junio de 2007. Según creo recordar fue para alguna actividad de la asignatura de Filosofía de Bachillerato. El tema era sobre el futuro del ser humano. El resultado es el que acabáis de leer.

domingo, 14 de agosto de 2011

La Libertad (ensayo filosófico)

La libertad, según la RAE, es la «facultad natural que tiene el hombre de obrar de una manera o de otra, y de no obrar, por lo que es responsable de sus actos». Pero, ¿la libertad realmente es posible? ¿Puede el ser humano despojarse de las leyes físico-biológicas, del destino, de los condicionamientos sociales y demás, para poder diseñar sus propios proyectos de vida libremente? Antes de intentar responder a estas cuestiones, ¿se sabe qué es la libertad? La libertad puede entenderse fundamentalmente de tres formas: la primera es «libertad como ausencia de obstáculos», otra manera de concebir la «libertad como capacidad de elegir», por último, «libertad como capacidad de crear». Estos modos de ver la libertad son contemplados por varias disciplinas (entre ellas la Filosofía). Sin embargo, a lo largo de la historia, se han observado distintas formas de ver y/o entender la libertad, además de distintas posturas tanto a favor como en contra.
Tenemos, por ejemplo, a San Agustín y su concepción de libertad. Este personaje, uno de los primeros en pensar sobre este tema, distinguía “libertad” y “libre albedrío”. Para él la primera es el anhelo de amar el supremo bien y de satisfacer así la búsqueda humana de la felicidad; pero, lo segundo consiste en la capacidad de decidir libremente, pero siendo una débil y frágil capacidad por consecuencia del pecado original. Como consecuencia de esta visión de la libertad, se llegó a la conclusión de que el hombre decidía en cosas con poca importancia, pues Dios lo tenía ya todo predispuesto. Esta postura podría calificarse, hoy en día, de «determinista». Por consiguiente, una tesis determinista es aquella que sostiene que las cosas suceden de modo necesario, inevitable, siguiendo el principio de causalidad. Esto es, todo lo que ocurre es por una causa. Claro es que San Agustín no era determinista (obviamente él no conocía ese término); sin embargo, un personaje que creía en el determinismo era el físico Laplace, no como el filósofo Kant (que ya en el siglo XVIII se vio obligado a enfrentarse con el problema del determinismo). Pues, entonces, el determinismo es una postura que no defiende la libertad. Por otro lado, a favor de la libertad disponemos de nuestra propia certeza interna: existen circunstancias en que sentimos que obramos libremente; en otras, en cambio, nos sentimos coaccionados por causas externas o arrastrados por emociones internas. Además, resulta difícil admitir que los fenómenos externos del ámbito humano puedan haber estado decididos desde el inicio de los tiempos. A pesar de esto, existe una teoría científica llamada «principio antropocéntrico», que dice que el ser humano existe porque el Universo es de esta manera, tal y como lo “conocemos”, y no de otra. No obstante, el determinismo tiene a su favor éxitos indiscutibles en el terreno de la ciencia (sobre todo en las de la Naturaleza). Más aun, los humanos parecemos estar hechos para pensar en términos de relaciones causales. La solución a este problema (al de si es posible la libertad en el ámbito humano) no es, por ello, fácil. Entonces, no se debe olvidar tampoco que defender la existencia de la libertad no significa cerrar los ojos ante las circunstancias concretas, que pueden hacer que esa libertad quede reducida a mínimos. Con respecto a esto, ya decía Hegel que los esclavos de la antigua Roma que aceptaban entusiasmados las doctrinas estoicas aprendían a sentirse libres interiormente, pero su libertad real (en sus vidas cotidianas) no existía, por lo que su supuesta libertad interior resultaba ilusoria. No se debe, por lo tanto, confundir la libertad como una posibilidad humana. Por otro lado, el filósofo Sartre (el representante más destacado del existencialismo, que dice que lo principal en el hombre es la libertad; además, era contrario al determinismo) consideraba que el hombre es responsable de todas sus acciones, incluso de sus pasiones. En cierto modo elegimos las pasiones que queremos tener. Esto quiere decir que, en tanto somos radicalmente libres, somos responsables de nuestras acciones. Pretender huir de la responsabilidad de nuestras acciones atribuyéndolas a las pasiones, a Dios, al ambiente, a la herencia genética, etc., no es sino “mala fe”, es decir una forma de autoengaño; nosotros hemos elegido hacer esas acciones. Por ello se puede decir que “estamos condenados a ser libres”. A pesar de todo, existen personas que tergiversan el significado de la libertad o “no lo conocen”. Unos serían los quebrantadores de leyes (anarquistas, terroristas, separatistas, etc.), que no entienden que la libertad no es hacer lo que a uno le venga en gana (con el fin de obtener algo u otros motivos); los otros, serían los “esclavos” (que todavía hay; pero no en este sentido, serían los que viven bajo una dictadura, aquellos que saben que son objetivos de asesinos y por el miedo no se atreven a salir…). Y, también, está la famosa frase «mi libertad acaba donde empieza la del otro». Esta expresión es, por así decirlo, una máxima universal que todos conocen y pocos la aplican a la vida diaria. Además, hay otra libertad que aún no ha sido mencionada: la libertad de expresión. Es de todos sabido que ésta no se lleva a cabo en todos los países, sin embargo, los nuevos medios de comunicación (sobre todo Internet y TV) han contribuido al desarrollo de esta libertad, ahí puedes informarte, comunicarte… sobre muchas cosas.
En conclusión, aunque se ha avanzado en el tema de la libertad, no se ha conseguido que haya una sociedad civilizada a nivel mundial en que haya una libertad e igualdad para todos. Esto, a pesar de que parezca una idea utópica, podría ser posible si no fuese por lo que hacen algunos sujetos: daño, muerte, dolor, atentados terroristas, robos, corrupciones, fanatismos de todas clases, y muchas más cosas que impiden una mejoría de la civilización humana en la cual haya paz y armonía.


Aclaraciones:
Este texto lo escribí hará ya unos años, cuando estaba en el Bachillerato. Era para la clase de Lengua y Literatura. Para que fuéramos aprendiendo a redactar argumentaciones y breves ensayos. El tema que nos dieron en aquel momento fue el de la libertad. El resultado es el que acabáis de leer.

miércoles, 10 de agosto de 2011

Un olfato prodigioso (5)

            La radio de Jack estaba conectada. Nos dimos cuenta porque Sam nos llamó. Nos comunicó que tenía el edificio rodeado y asegurado. Nadie había entrado ni salido. Los helicópteros ya estaban sobrevolando la zona. Jack se puso el auricular en la oreja. Le dijo que estaba herido, pero que estaba bien. Les ordenó que asegurasen los pisos inferiores y comprobasen, puerta por puerta, si estaba dentro el chino. Les dio la descripción: chaqueta de cuero, camiseta blanca mancha de sangre, pelo moreno muy corto, y tenía su arma.
            Mientras hablaba por radio, oí unos gritos y luego unos disparos. Venían del quinto piso. Subí corriendo. Jack me dijo que esperase, que no fuera tan rápido. No podía. Quería vengarme. Habían herido a mi mejor amigo humano y no iba a perdonar a aquel tipo.
            La puerta de un apartamento estaba entreabierta. Asomé el hocico y olfateé el aire. Olía a sangre y pólvora.
            Jack rápidamente se puso detrás de mí.
            —Quédate detrás de mí —me dijo en voz baja—. Es posible que haya tomado rehenes.
            Entramos sigilosamente.
            —¡Eh poli! —gritó alguien con acento chino—. Estoy aquí. Ven a por mí.
            En el salón había dos personas: nuestro chino y una mujer mayor. Estaba llorando y tenía una herida en el brazo derecho.
            —Suelta inmediatamente a la señora —le ordenó Jack apuntándole con el revólver a la cabeza.
            —¿Qué te pasa, poli? —preguntó con guasa el chino—. No puedes dispararme. Darías a esta vieja.
            La mujer chilló pidiendo auxilio. Le clavó la pistola en la sien para que se callase.
            El equipo de Sam, junto con unos sanitarios, estaba en el borde de las escaleras. Preguntó por radio qué habían sido esos disparos. Jack le describió la situación en la que estábamos. Sin embargo, le ordenó que no actuasen, podría matar a la mujer.
            La situación era muy tensa. Se oían los helicópteros que sobrevolaban el edificio. Tenían asegurado el tejado.
            —Ríndete —ordenó Jack al traficante—. Estás rodeado. No puedes escapar.
            —No. No podéis tocarme porque tengo una rehén.
            Se rió malévolamente.
            Jack apretó la mandíbula. Estaba cansado, herido y no sabía qué podía hacer.
            Sólo un tresillo era lo que se interponía entre mi amigo y el asesino que agarraba con fuerza a una posible nueva víctima.
            No pensé. Sólo actué por instinto. Entré por el pasillo de la entrada al apartamento. Rodeé el sofá y le metí un buen mordisco al culo del secuestrador.
            Todo lo siguiente ocurrió en apenas un par de segundos.
            Gritó de dolor y apretó el gatillo del arma robada. Sin embargo, Jack fue más rápido y le acertó una bala en el hombro derecho, haciendo que desviase el brazo. La bala del .45 impactó contra la pared.
            La mujer consiguió liberarse y corrió fuera del piso. Un policía la agarró por la cintura y la puso a salvo. Le atendieron los sanitarios. Se recuperaría. Su herida era superficial.
            En cuanto la mujer se liberó, Jack le volvió a disparar en la rodilla. Esta vez cayó al suelo. Me puse encima de él. Gruñéndole ferozmente.
            El equipo de Sam entró y se llevó arrestado al chino. Resulta que era uno de los lugartenientes de Chuang-Tsé, un peligroso asesino que había conseguido eludir la justicia en más de una ocasión. Esta vez, no.
           
            Cuando salimos a la calle, esta vez por la puerta principal, Claire se abalanzó sobre Jack y le dio un fuerte abrazo.
            —Estaba muy preocupada por ti —dijo entre lágrimas—. Temía lo peor.
            —Cálmate —dijo mientras me acariciaba la cabeza a modo de consuelo —. Sólo es una herida de nada. Aquí, el verdadero héroe ha sido Maxwell. Le mordió el trasero al chino ese.
            Consiguió arrancarle una risita entre las lágrima. Yo moví la cola y ladraba. estaba contento. Al final, no habíamos salido malheridos de la situación.
            Jack se fue hacia la ambulancia, se sentó en una camilla. Me acerqué a él. Pero un sanitario me impidió el paso.
            —Deja que se acerque —ordenó Jack—. Es mi compañero.
            Me acarició y me dirigió una amplia sonrisa.
            —No te preocupes. Un par de puntos y listo —miró al sanitario—. ¿Verdad? Esto no es nada grave, ¿a qué no?
            —No —respondió—. Esto se lo trataremos enseguida. Aunque tendrá que visitar el hospital en un par de días para que le quitemos los puntos. Por lo demás, en cuanto acabemos, podrá irse a casa.
            —Gracias, hombre.
            El capitán estaba también en la calle, apoyado en su coche. Comentó algo con el agente federal que le estaba acompañando. Se despidió amablemente de él. Luego, vino hacia nosotros. Se secó con un pañuelo el sudor de su calva y se lo guardó en el bolsillo del pantalón.
            —Bueno, chicos —comenzó a decirnos—. Los chinos de la banda local y la rival van a ser juzgados por un tribunal federal. Al parecer, esto es mucho más grande que una simple pelea entre banda rivales por el control de una zona. Eso sí, nos han asegurado que todo el mérito es nuestro, del departamento de policía de Nueva York. Y…cambiando de tema. ¿Estás bien, Jack?
            —Sí —añadió Jack—. Su olfato es prodigioso. Consiguió encontrar el rastro del chino y nos llevó hasta este edificio. Si no llega a ser por él, las cosas podrían haber acabado bastante mal.
            —En eso tienes toda la razón —dijo Claire. Me miró y sonrió. Aun tenía los ojos rojos por las lágrimas—. Muchas gracias por cuidar de Jack. Eres el mejor agente perruno.
            Moví la cola y emití un ladrido de satisfacción.
            Se echaron a reír.
            —Bueno, venga —dijo Callahan—. Ahora toca recoger todo esto, abrir la zona al tráfico, rellenar un montón de informes... ¡Ay! Menudo día que hemos tenido y todavía lo que nos queda de él.
            —Claro, capitán —respondió Claire—. Pero, ahora, estoy muy liada. Voy a acompañar a Max a casa para que descanse, que hoy ha tenido demasiadas emociones.
            —Es verdad —añadió Jack—. Lo de hoy ha sido una experiencia agotadora para todos nosotros. En cuanto me curen, me iré a casa a reposar. Que estoy herido, jefe.
            —Vale —dijo el capitán—, de acuerdo, os doy el día libre. Pero mañana, os quiero puntuales en la oficina. ¿Comprendido? ¡Ah!...Casi se me olvida. En una semana estamos en julio. Vacaciones, época de plena actividad para ladrones y para el tráfico de drogas. Habrá que ir a las playas y al puerto, a vigilar la zona. Es posible que llegue una nueva remesa de contrabando de parte los chinos. Así que, habrá que estar atentos...
            Un ladrido fue suficiente para darles a entender que estaba listo para volver a entrar en acción. Se rieron. Sabían que mi olfato ya les había ayudado en más de una ocasión. Y volvería a hacerlo.


- FIN -